Mina de ocre
Ciencia y tecnología

Descubren en Quintana Roo la mina de ocre más antigua de América

El hallazgo muestra que el hombre prehistórico ya realizaba la extracción de mineral para actividades culturales complejas

Teorema Ambiental/Redacción

Tulum, Quintana Roo, 6 de julio de 2020.— El subsuelo de la península de Yucatán continúa como una fuente de importantes hallazgos científicos; hace unos días arqueólogos subacuáticos y espeleobuzos encontraron evidencia irrefutable de actividad minera prehistórica, en una cueva inundada de Quintana Roo.

De acuerdo con expertos de la Subdirección de Arqueología Subacuática (SAS) del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y del Centro Investigador del Sistema Acuífero de Quintana Roo AC (CINDAQ) la presencia humana en este espacio se dio en un contexto arqueológico que oscila entre los 12 mil y 10 mil años de antigüedad, lo que la convierte en la mina de ocre más antigua conocida en América.

El titular de la SAS, el doctor Roberto Junco Sánchez, informó que La Mina habría tenido actividad en la misma época que “Naia”, nombre con el que se conoce al antiquísimo esqueleto de una joven encontrado, en 2014, dentro del sitio arqueológico de Hoyo Negro, ubicado en las cercanías de Tulum.

Por ello, el especialista consideró que La Mina es una continuación de Hoyo Negro, no solo por la relativa cercanía geográfica de ambos contextos, sino porque el primero complementa en gran medida el conocimiento que se tiene acerca del segundo.

Si bien el descubrimiento de “Naia” contribuyó a la comprensión de la ascendencia, la expansión y el desarrollo de estos primeros americanos, “ahora sabemos que los humanos antiguos no solo se arriesgaban ingresando al laberinto de cuevas para buscar agua o huir de los depredadores, sino que también entraron a ellas para realizar minería, alterándolas y generando modificaciones culturales al interior”, agregó el especialista.

En La Mina se han hallado, a lo largo de seis kilómetros de pasajes inundados que permanecían ocultos detrás de restricciones de rocas y estrechos pasajes de 70 centímetros de diámetro, acomodamientos de materiales que evidenciaron ser resultado de una arcaica intervención humana.

Los espeleobuzos Fred Devos y Sam Meacham, codirectores del CINDAQ, explicaron que durante sus primeros recorridos en el sistema subterráneo, en 2017, notaron la existencia de estalactitas y estalagmitas rotas por la mitad, así como piedras acomodadas en pequeños montículos triangulares, los cuales no habrían podido formarse naturalmente.

Entre los elementos que más llamaron la atención de los exploradores estaban cúmulos de carbón en el suelo, hollín en el techo de la cueva y, principalmente, la presencia de pequeñas cavidades excavadas en ese mismo suelo, dentro de las cuales había restos de un mineral que, luego de su análisis, resultó ser ocre.

“El paisaje en esta cueva está notablemente alterado, lo que nos lleva a pensar que los hombres prehistóricos extrajeron toneladas de ocre de ella, quizá, viéndose en la necesidad de prender fogatas para iluminar su espacio”, explicó Fred Devos.

Hasta el momento, no se han encontrado huesos humanos; sin embargo, se localizaron herramientas rudimentarias de excavación, señales para no perderse y cúmulos de piedras vinculados con una minería rudimentaria. La abundancia de las oquedades con ocre lleva a los expertos a teorizar que las rocas eran, en sí mismas, las herramientas que se usaban para excavar y romper la piedra.

“Ahora podemos imaginarnos a ‘Naia’ entrando a las cuevas por ocre, un elemento que hasta hoy, en comunidades de África, es la pintura corporal inorgánica más usada para crear pigmento rojo. Esto abre la posibilidad de que el mineral tuviera no solo importancia decorativa sino incluso una carga identitaria, o que se usara para crear manifestaciones artísticas, entre muchas otras hipótesis”, finalizó Roberto Junco.

En los próximos meses dentro del sistema de cuevas, cuya localización se mantiene reservada, se continúa con estudios de laboratorio, mediante reconstrucciones computarizadas conducidas por expertos de México, Estados Unidos y Canadá, con tecnología como fotogrametría y cámaras submarinas de 360 grados, señala Dominique Rissolo, investigador de la Universidad de California, en San Diego.

También se han tomado más de 20 mil fotografías durante 600 horas de buceo y casi 100 inmersiones, para generar un modelo 3D del sitio y facilitar a los arqueólogos el acceso virtual al mismo.

Sam Meacham comentó que el trabajo remoto contribuye a la seguridad de los investigadores, ya que, dentro de la cueva, la más leve manipulación del sedimento puede ocasionar la pérdida total de la visibilidad.

“Imagina una luz parpadeante, en medio de sombras profundas, que ilumina las manos manchadas de rojo de los mineros mientras golpean el piso con martillos de estalagmita, a la vez que alumbra el camino de aquellos que cargan el ocre por los túneles hasta la luz del día y el suelo del bosque.”

Roberto Junco añade que proyectos como Hoyo Negro y La Mina son auténticas ventanas al conocimiento de nuestro pasado remoto, además que contribuyen a dejar pautas metodológicas para trabajar y estudiar este tipo de contextos.

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