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Los bosques, motor de vida

Además de aportar materias primas y alimentos, los bosques nos devuelven el sentido común perdido para volver a encontrarnos en sociedades de rostro humano, sostenibles. Son nuestra oportunidad histórica para defender la vida del hombre y del planeta.

Por María José Atiénzar

Plantar árboles y crear bosques podrían ser claves para lograr ese mundo más habitable que necesitamos.

La historia nos demuestra que muchas veces el bosque precede a las civilizaciones y a éstas le siguen los desiertos. Por eso, es urgente replantearse y cambiar una economía caduca, voraz y destructiva para poder integrar de nuevo el árbol como motor de vida.

El modelo económico que se ha implantado en las últimas décadas estaba basado en un crecimiento desmedido, entre otros sectores, el de la construcción, expandido de una forma irreflexiva, innecesaria e insostenible.

La economía fue creciendo hacia donde la impulsaron ciertos grupos de poder, con una percepción de que los recursos eran infinitos. Ahora sabemos que los estamos agotando y es el momento de apostar, entre otras alternativas, por unas plantaciones de bosques, que además son generadoras de riqueza.

El cambio climático es un hecho que el factor humano potencia y acelera. Así afirmaba ya el Informe Stern (Reino Unido, 2006), que si no actuamos ahora y con acciones contundentes, la crisis climática afectará en un 20 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) de los países más desarrollados.

Los países que disponen de un mayor número de árboles por habitante, entre ellos Brasil, Rusia o China, y también Suecia, Alemania o Estados Unidos, tienen una parte de sus economías vinculada a la explotación de sus activos forestales.

La demanda creciente de estas inversiones propicia la creación de empresas gestoras especializadas en explotaciones forestales o sociedades de inversión que manejan grandes extensiones de bosque. Esta fórmula podría resultar buena en España, donde más de un tercio de la superficie declarada forestal se encuentra casi desarbolada. En esas hectáreas habría que realizar plantaciones donde puedan convivir la biodiversidad, lo autóctono, y una buena gestión.

Los árboles recogen dióxido de carbono (CO2) de la atmósfera y lo fijan en materia orgánica y en madera. Cuando un árbol crece, se favorecen el ciclo del agua, el equilibrio de las lluvias, del hielo de los polos, el ritmo de las corrientes marinas, la protección de la fauna, y en conjunto, el equilibrio que permite la vida de los seres humanos. Deberíamos plantar cientos de millones de árboles, aunque sólo fuera por recuperar el equilibrio, cuando ya hemos sobrepasado con mucho las cantidades admisibles de partículas de carbono en la atmósfera y las hectáreas desertizadas en todo el planeta.

Restaurar los bosques puede ser además una gran fuente de riqueza, capaz de generar miles de puestos de trabajo. Con ello se podría detener el abandono de los pueblos, aportar un buen desarrollo en las zonas rurales, y descomprimir la saturación de población en las ciudades.

La organización no gubernamental WWF pide sembrar dos mil millones de árboles para restaurar los ecosistemas más escasos, aquellos bosques que conservan menos de 30 por ciento de su terreno potencial. WWF lucha por que las administraciones impulsen un plan para conservar la biodiversidad y la adaptación al cambio climático.

Esta organización está realizando plantaciones participativas de árboles con voluntarios en diferentes regiones españolas. Su objetivo es reivindicar un acuerdo global para frenar la deforestación. El proceso de pérdida de masa forestal y bosques tropicales supone cerca de 20 por ciento de los gases de efecto invernadero emitidos a la atmósfera.

Los bosques, además de aportar materias primas y alimentos, pueden devolvernos el sentido común perdido para volver a encontrarnos en sociedades de rostro humano, sostenibles.

Para ello, y porque el sentido de las palabras es importante, en abril, las Naciones Unidas decidieron cambiar “Tierra” por “Madre Tierra”. Ya que lo primero ha sido tenido como recurso, con la consideración de que se podía usar, abusar, vender y hasta maltratar, mientras que la consideración de Madre Tierra implica un respeto, cuidado y amor que implica ese pacto natural que la humanidad sostiene con la naturaleza.

Es de vital importancia determinar el futuro de los bosques y de todos los elementos que afectan al clima. Una mayor responsabilidad e implicación de todos y un compromiso firme han de traducirse en hechos. Se trata de una necesidad, no sólo por factores económicos. Es nuestra oportunidad histórica defender la vida de los humanos y del planeta.

Fuente: Centro de Colaboraciones Solidarias

Comentarios

Comentario de Juan Fitzmaurice
Hora: 27 Abril 2010, 7:16

¡Hasta que se mueran los bosques! Una realidad hoy en día.
Por: Juan Fitzmaurice Gasque.
Hay una teoría de la comunicación que afirma que los medios de comunicación no pueden decirle cómo pensar a las audiencias, pero sí en qué pensar. La televisión, la radio, la prensa u otro medio de comunicación no nos pueden manipular, en el sentido más perverso, pero sí pueden orientar los temas que nos interesan, hacer que nos preocupe lo que a ellos les ocupa. Por ello, antes de comenzar con esta reflexión, es justo reconocer el interés de algunos medios, por el deterioro ecológico, ya que a pesar de que los grandes retos por la salud de nuestro mundo son responsabilidad de los gobiernos, como ha dicho el premio Nobel mexicano Mario Molina, tomar postura y proponernos acciones individuales concretas a favor del planeta ya no debe ser una opción para nadie, sino una obligación para todos.
Dentro de los múltiples matices que posee el tema ecológico, hay uno que nos parece de interés particular: la reforestación. Nos quejamos a los cuatro vientos que los bosques se están perdiendo y es cierto, pero mientras no existan apoyos monetarios ágiles y suficientes para ordenar nuestro consumo de madera, muchos proyectos de siembra de árboles y del medio ambiente, que se han tratado de hacer, quedarán sobre los escritorios.
Lo que ofrece la Comisión Nacional Forestal en México, en el rubro de plantaciones forestales, es un verdadero espejismo por lo difícil, complicado, insuficiente y poco práctico que resulta. Su regla a seguir es: “siembra y después de doy, siempre y cuando el porcentaje de supervivencia de los árboles sea igual o mayor al 70%.
Primero se generó un apoyo para la reforestación denominado PRODEPLAN (Apoyo a plantaciones forestales) que le entregan al productor la cantidad de 7,000 pesos por hectárea sembrada en toda la vida de la plantación. Le siguió PRO- ÁRBOL el cual otorga algo así como 8,500 pesos. Estos apoyos se liberan en parcialidades, siempre y cuando, se cumpla con una supervivencia del 70 % ó se presente una fianza, y ya plantados los árboles a los 6 meses, pasando una verificación, se tiene derecho a obtener lo restante. ¿No le parece un poco complicado?
Según los expertos en siembra de árboles para cultivar una hectárea se requiere entre 24, 000 y 26, 000 pesos. Este costo incluye la preparación de la tierra, la siembra de los arbolitos y los cuidados normales que éstos requieren. Posteriormente, para el mantenimiento de cada hectárea, se requieren 6, 000 pesos, cantidad que debe utilizarse en los primeros 3 ó 4 años.
Los apoyos federales antes mencionados son a fondo perdido, y a pesar de su complejidad, podrían ser útiles si acaso no fueron totalmente insuficientes. Esto debido a que no existe banca nacional, incluyendo a Financiera Rural, ni organización internacional, que quiera apoyar con el dinero restante que se requiere para la siembra de una o varias hectáreas, aceptando los predios como garantías con las tasas y plazos internacionales. Este hecho es un cuello de botella que tiene atrapados a muchos interesados en la siembra de árboles para hacer, de su parcela o de sus antiguos pastizales, una plantación forestal, que de forma sustentable, ordenada y digna, permita generar recursos económicos para su productor, evitando paralelamente la tala ilegal de selvas y bosques.
Desde hace 14 años, cuando vino el error de Diciembre y muchos ganaderos dejaron la actividad en la zona de Escárcega, Campeche, por causas de fuerza mayor, alguien nos dijo: ¿Por qué no hacen algo por el medio ambiente sembrando árboles maderables y explotándolos sustentablemente? Debo de admitir que la idea nos pareció muy justa, interesante y rentable. En ese momento, en México ya se hablaba de una pérdida de bosques a un ritmo de 600, 000 a 1, 000, 000 hectáreas por año. Al parecer, la única manera de detener este dañino desgaste era sembrando árboles de manera sustentable y ordenada para satisfacer la demanda de madera.
Por supuesto, nos dimos a la tarea en buscar apoyos en nuestro medio y el extranjero, pero esa búsqueda nunca rindió frutos. Muchos de las organizaciones que gritan y se rasgan las vestiduras y lloran por el bosque y el medio ambiente son puro teatro. Nadie quiere ayudar a combatir la pérdida de bosque a través de la siembra de árboles debido a los plazos largos que ésta exige.
Por ello, a lo largo de estos 14 años, algo nos ha quedado muy claro: no existen apoyos suficientes para la siembra de árboles, y cuando encuentras a alguien que te brinda una esperanza, te dice: “aplaudo mucho sus intenciones y su noble causa pero no podemos apoyarlos con recursos”. Este tipo de negativa la hemos recibido muchas veces. En este sentido, muchas de las organizaciones internacionales están en contra de las plantaciones forestales, pero no se dan cuenta que con esa posición, nuestros bosques vírgenes, aquellos que debemos proteger, se seguirán perdiendo, pues los pobladores de esas zonas tienen que vivir, comer y vestir. Para muestra un botón:
En la zona de Escárcega, Campeche, junto a la reserva de Calakmul, existen ejidos con enormes extensiones y numerosos recursos naturales. En estos ejidos se han formado UMAS (unidades de manejo animal) que sirven para que los ejidatarios de la zona perciban un ingreso y posean un control sobre la zona para protegerla de la caza furtiva y la depredación de la flora y la fauna local. Sin embargo, son ellos mismos, por sus naturales necesidades económicas, los que no dejan de explotar la madera de la zona, ya que al haberse agotado especies como cedro, caoba, ceiba, pucté o machiché, ahora están talando árboles como el ramón, chicozapote, huaya, ciricote y canisté, cuyas hojas y frutos son la comida de especies como el venado cola blanca, el tapir, el pecarí, el tepezcuintle, entre otros especies.
Este hecho provoca una reacción en cadena: felinos como el jaguar, el puma, el ocelote y el yaguarundí también están comenzando a emigrar, siguiendo a las especies arriba mencionadas. Por si esto no fuera suficiente, se está afectando el hábitat del pavo ocelado, faisán, cojolite, chachalaca y otras especies que habitan en los grandes bosques. Esto en un circulo vicioso y la única manera de romperlo es empezar a sembrar para que, en un ciclo mínimo de 25 o 30 años, esas tierras se recuperen, se dé trabajo digno y bien pagado al campesinado y se empiece a producir madera en las antiguas zonas ganaderas de manera ordenada y sustentable.
Actualmente, al no existir los suficientes apoyos, lo resultados son los mismos: no hay plantaciones, no hay avance, no hay futuro. Este texto solo pretende ser una vivencia por la cual muchos productores atraviesan. Productores que tienen su tierra ociosa y que desafortunadamente, no tienen acceso a los medios y no pueden gritar y decir a los cuatro vientos todo lo que sucede, cómo esos bosques, esos ríos, esos animales se están acabando. Como ese paraíso se está muriendo.

Juan Fitzmaurice Gasque

fitzgas@cablered.net.mx
fitzgas46@hotmail.com

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Hora: 27 Abril 2010, 13:37

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