Energía: la clave rumbo a Copenhague

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Esto se debe a que cada producto que consumimos carga con una huella ecológica, es decir, una marca de devastación ambiental derivada de su proceso de producción, el cual requiere de un alto consumo energético. Algo muy difícil de percibir para el consumidor promedio, quien influenciado por la moda, la publicidad o el desarrollo tecnológico, adquiere toda clase de productos —muchas veces innecesarios— sin percatarse de las consecuencias ambientales que esto genera.

Además del consumo, existen otros indicios que sugieren la necesidad de cambiar el modelo económico actual a favor del medio ambiente. Una de estas señales, se encuentra en la forma en que el sistema económico determina el precio de la energía.

Para fijar el costo de un kilovatio (kW), por ejemplo, se toman en cuenta algunas variables como la relación entre oferta y demanda, la inversión necesaria para generarlo, los costos de transferencia o la eficiencia en el rendimiento de una máquina, pero no se incluye el impacto ambiental ni los efectos en la salud de la gente, que también tienen un costo. Ésta es una de las razones por las que los especialistas en economía ecológica creen que es necesario desarrollar una nueva metodología que ayude a medir con mayor exactitud el precio real de la energía.

Actualmente, todos los países de la comunidad internacional han manifestado la urgencia de sustituir los combustibles fósiles por energía limpia proveniente de fuentes renovables. El principal problema para completar esta transición energética se debe a los altos costos que tiene la energía solar o eólica en comparación con el carbón y el petróleo. Sin embargo, esta diferencia de costos no existiría si se tomaran en cuenta todas las implicaciones ambientales.

“Debido a que los combustibles fósiles no reflejan en sus costos todo el impacto ambiental que generan, son muy baratos. Dentro de una nueva contabilidad energética, el petróleo sería mucho más caro que cualquier otro tipo de energía alternativa si se tomaran en cuenta los efectos y las implicaciones en el corto-mediano plazo”, comenta Delgado, quien considera que al igual que ocurre con la energía, existen serias limitaciones para determinar el valor de los recursos naturales.

¿Cómo determinar el valor de un árbol? Una visión de la economía neoclásica, lo haría acorde al precio que paga una fábrica de papel, basado en los principios de oferta y demanda, pero el problema es que esta visión deja fuera todos los servicios ambientales que proporciona, tales como retención de CO2 o captación de agua, entre muchos otros.

Dentro de una contabilidad económica más completa se pueden estimar ciertos valores ambientales junto al valor de mercado, pero antes es necesario establecer qué variables se van a tomar en cuenta para calcular los costos, algo que no se especifica en una buena parte de los estudios económicos que pretenden medir el impacto económico que tendrá el cambio climático.

Por ello, especialistas como Delgado consideran que incluso documentos como el informe Stern, uno de los textos más citados dentro de las negociaciones previas a Copenhague, poseen serias limitaciones.

Lo mismo ocurre con muchos instrumentos financieros diseñados para combatir al cambio climático, tal como sucede con el mercado de bonos de carbono, una medida internacional que ya se encuentra en operación pese a las críticas de los expertos.

“Funcionarían muy bien si ponemos que la tonelada de carbono cuesta miles de dólares, pero en realidad es un mecanismo que establece como principio que el que más contamina puede hacerlo si paga por ello. Los bonos de carbono no son más que una transferencia de ‘derechos para contaminar’, por decirlo de alguna manera”, explica el investigador, quien consideró que el factor clave para que estos mecanismos financieros puedan convertirse en una realidad, está en la manera en que se establecen las tasas de interés de los servicios ambientales.

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