Biodiversidad

Maltratan elefantes en Tailandia

El paquidermo, símbolo de Tailandia, representa un lucrativo negocio, pese a las campañas establecidas a finales de los años ochenta contra su explotación.

A pocos metros de un semáforo y con los coches de telón de fondo, Yai levanta su trompa y con una de sus patas delanteras hace girar un aro de colores ante un pequeño grupo de críos y mayores a quienes arranca unas sonrisas.

Por la exhibición, esta elefanta de cinco años recibe un pequeño racimo de bananas podridas, y sus cuidadores unos cuantos billetes que añaden a la recaudación hecha gracias a las demostraciones que desde primeras horas de la mañana obligan a realizar al dócil animal, para el que no habrá descanso hasta la medianoche.

La vida de los elefantes de Tailandia, donde todavía son un icono cultural, era muy distinta hace unas dos décadas cuando continuaban siendo indispensables para mover pesados troncos de preciada madera de teca entre la densa vegetación que tapizaba las zonas más impenetrables del país.

“Los elefantes han regresado a las calles, y me temo que ésta vez se quedarán”, dijo Roger Lohanan, director de la Asociación para la Protección de los Animales, e impulsor de la campaña de las redadas de paquidermos llevadas a cabo en 1992 con el propósito de poner fin a su presencia en las calles de la capital.

La miserable vida de los paquidermos, como los que ahora se ven deambulando por las principales arterias de la apelmazada metrópolis sorteando el endemoniado tráfico y envueltos por el humo, comenzó en 1989 a raíz de que el gobierno prohibiera la tala de árboles para poner freno a la rápida deforestación.

En la actualidad entre 70 y 80 elefantes, algunos con sus crías, buscan el sustento en la populosa Bangkok guiados por sus criadores, pero la mayor parte son presa de la codicia de los dueños y de quienes alquilan estos animales para hacer negocio.

“Muchos de los elefantes que estamos viendo en las calles están alquilados por sus dueños o han sido comprados para explotarlos, son gente sin escrúpulos”, denunció la activista Soraida Salwala, de la organización Amigos del Elefante Asiático.

Según esta organización, la explotación de los elefantes en las urbes y en destinos turísticos es un negocio que genera beneficios, sobre todo para aquellos que aprovechándose de familias que se ven obligadas a vender sus animales por falta de recursos, se han convertido en dueños de hasta más de un centenar de ejemplares, que arriendan a cambio del pago de una mensualidad.

“Los alquilan como si se tratara de coches, por eso a quienes pagan para usarlos les importa poco el cuidado del elefante, y lo único que persiguen es sacar del animal el máximo beneficio”, explicó Salwala.

Los grupos comprometidos con la protección de los animales han denunciado que algunos paquidermos son drogados con anfetaminas para lograr mantenerlos activos todo el tiempo que sea posible, y que ésa ha sido la causa por la que algún elefante haya enloquecido en plena calle.

En más de una ocasión, la policía y funcionarios del departamento de Sanidad Animal se han visto obligados a sedar con dardos a un elefante después de que sus guías perdieran el control sobre el animal y éste emprendiera una veloz carrera embistiendo contra cuanto encontrase en su camino.

El problema, explican los expertos, persiste porque ninguno de los departamentos gubernamentales tiene plena responsabilidad sobre la situación de los elefantes, protegidos de la caza por la ley, pero desamparados cuando pasan a ser propiedad de desaprensivos.

“En la administración no se toman en serio lo que está ocurriendo con los elefantes, y de seguir así será ya muy tarde”, advirtió el ex senador y activista Pengsak Chaksuchinda.

En Tailandia, cuya civilización fue construida a lomos de los elefantes, quedaban a principios del pasado siglo cerca de 100 mil ejemplares, hoy llegan apenas a cuatro mil, de los que únicamente 1,500 viven en estado salvaje.

Fuente: El Tiempo

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